Ricardo Bellés

Madrid

rb.ricardobelles@gmail.com

 

 

PLAZUELA DE LAS SALESAS

 

 

                     El visitante, asombrado, se encuentra desde el antiguo altillo de las Salesas, ya sin casas, jardines y huertas, con un suntuoso monasterio llamado la “Visitación de religiosas Salesas. Al convento se le podría catalogar como un verdadero palacio regio y el edificio más ostentoso de Madrid.

 

                   La huerta y el jardín, formaban una unidad que daban energía al edificio y sus alrededores, creaban la esencia del lugar.

 

                         ¡Senda del jardín; de pronto que emoción esas violetas!

 

                   ¡Qué momentos maravillosos aquellos en que el hombre en plena naturaleza se reúne con otro ser bajo el mismo símbolo! ¿No suena esta frase como si procediera de otro mundo? ¿Quién podría atreverse todavía hoy a instaurar cualquier cosa como un símbolo que obligue, y aunque fuera sólo en los sueños de los poetas? La confusión caótica que reina en los hombres no es en último término un fracaso del lenguaje, de la comprensión recíproca. Por eso mismo los representantes de la poesía buscan la huída en el mero sonido... Inclusive los momentos de desesperación de la poesía tienen su sello común.

 

                                       Plazas. Plazuelas

                                   Encrucijadas de la fuga

 

            

                     Es que esta fuga no alude solamente a las “noches del visitante con pulmones llenos de humo y fuerte aliento de los que huyen”, que el visitante evoca quejándose, sino que también a la fuga en que el poeta abandona la lengua y se encierra, por medio de la lengua, en el silencio. El silencio es también aquí en la Plazuela de las Salesas, la “herencia última”. Sin embargo, el visitante no está desesperado. El rostro de la tierra, tanto en el Sur como en el Norte, y la hora distante de la infancia le proporcionan consuelo. “Debajo de la raíz de la planta está ahora el lenguaje”, dice el visitante. Queda la posibilidad de su retorno, y que el visitante deja abierta.

 

                   Plaza, plazuela, sendero del jardín-huerta, calle: como si surgieran del humo y de la niebla aparecen varios símbolos, que aclaran simbólicamente la historia y la memoria. El sendero parece conducir, por lo menos por algún tiempo a la nada, a la sin nombre e inefable, y también allí donde las palabras rebosan... Pero la poesía realmente grande ¿no ha nacido desde siempre precisamente por este sendero, al margen del lenguaje y de la desesperación? Mi vanidad y mi nostalgia han llenado la plazuela de inquietud, dice el visitante. Así será – se dice el ilusionado visitante – pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en un orbe de símbolos... la base de toda verdadera poesía es la vivencia, la experiencia viva, elementos psíquicos de todo género que se mantienen en relación con ella. Todas las imágenes del mundo exterior se pueden convertir, indirectamente, a través de esa relación, en material para la creación poética.