Ricardo Bellés

Madrid

rb.ricardobelles@gmail.com

 

 

PLAZA O PLAZUELA DE LAS COMENDADORAS

 

 

 

                                       En esta plazuela, se alberga y vigila, la esencia del barroco arquitectónico madrileño, la iglesia de las Comendadoras de Santiago, que desde tras de sus muros y por las noches serenas y calladas, se puede percibir, vagamente, una voz de mujer que con su lamento nos muestra su pasión:

 

                               Agora que sé de amor,

                               me queréis meter monja

                               en un convento,

                               ¡ay Dios que grave cosa!.

                               Agora que sé de amor, de caballero,

                               me queréis meter monja

                               en un convento,

                                ¡ay Dios que grave cosa!

 

                                     Estas palabras dichas, ¡ cómo resumen la melancolía de esta vieja plazuela¡ propicia al sueño de lo irreal y al más allá amoroso de la luminosa ilusión. Si los hombres observaran atentamente sólo las realidades, y no se dejaran alucinar, la vida, al compararla con las cosas que conocemos, sería como una historia de “Las mil y una noches”. . . ; sin embargo al cerrar los ojos y dormitar y al consentir que las apariencias los decepcionen, en todas partes los hombres establecen y confirman su vida diaria de rutina y hábito, que está fundada en cimientos puramente ilusorios, como la voz femenina de la plazuela de las Comendadoras, que parece pedir un cambio en su existencia, que es la muerte, no la negación de ella:

                                      

                                     “Un ensueño selló mi espíritu”  

 

                                            En esta plazuela rectangular de las Comendadoras, el silencio es tan real, es una parte de la existencia tan importante como el sonido, podemos decir que: una plazuela nunca está vacía, y ella nos enseña que la responsabilidad humana de la elección individual constituya el hecho crucial de la existencia y la base para la dignidad humana que pueda haber.

                                     Sólo en esta plazuela, de noche, el visitante como hombre ya no se siente el centro del universo, que descubre que es un trozo indiferenciado de materia que no se distingue de manera esencial de las bacterias, piedras y árboles, y que abandona el deseo de controlar el sonido, limpiando su mente de música, y deja que los sonidos sean ellos mismos en vez de vehículos de teorías hechas o expresiones de sentimientos humanos.

                                  En esta plazuela el visitante como hombre debería ser: una afirmación de la vida, una manera de despertar a la verdadera vida que estamos viviendo, que es tan excelente cuando uno quita de ella su propia mente y sus propios deseos y la deja actuar conforme a sí misma.