Ricardo Bellés

Madrid

rb.ricardobelles@gmail.com

 

 

POR LAS PLAZAS Y PLAZUELAS DE MADRID

 

In Memoriam

Julio Campal

 

 

El tiempo dormido sobre las plazuelas desiertas de la gran

ciudad de Madrid, que parecía hablar de puro silenciosa. Era imposible. Ni un árbol,

ni una piedra, pero sí semáforos que cantan. Corazones despreocupados al borde de

las plazas, miráis cruzarlas transitadas. No tenéis el menor escrúpulo. No tembláis. No reiteráis. No sufrís por ellas.

                                    

Es verdad. Es verdad. Parecía mentira que no lo supieseis;

nunca era demasiado tarde para saberlo; y lo ignorabais. El viento, tan total venía de ninguna parte, iba con remolinos hacia todas las plazuelas. Yo no tenía sus historias, sus biografías; muchas veces el madrileño, descuidado distante, decía lo mismo que yo.

 

Lo ignoraba.

                                    

No tengáis miedo.

 

Pero no lo tenían; muchas veces, la oscuridad creciente, el olor

creciente, se introducían como una puerta abierta y abandonada, como ventana amplia

a las plazas llenas de adoquines, de gorriones y de pensamientos distantes, de visiones pasadas; como carruajes tirados por rápidos y ardientes corceles del verano, sintiendo

que la carne está pronta a la caricia, que nos introduce al abandonado establo de los

sueños: el primer deseo.

 

Parece que no hubieran existido las plazas, las plazuelas; su

recuerdo es blanco a la distancia; su recuerdo de ausencia. Dijeron sus piedras que, al pasear por ellas, vendríais con palabras nuevas, que eran de siempre, que eran de toda la vida de la ciudad. El primer y el último recuerdo, el más audaz, como roca inmensurable, solos, de pie, edificios altivos, necesarias promesas.

 

Sus despertares, innecesarios, con la roja luz del alba, nace la

mañana; una a una, las plazas, como desdichadas y locas manzanas, en los árboles de siempre, llenas de mediodía, traían el grito de una mano en nuestras manos y nos dije-ron: si que la primera espera es la que cuenta; hoy, en las ocres plazas, desesperante página urbana del día solitario, azul de cielo, verde asfalto, rojo de espuma y ardor.

Canciones. Un río lejano e inexplicable, aquellas manos que antaño eran unas manos.

No lo eran. Que antaño eran vuestros brazos. No lo eran.


Rabioso, esclavo, miserable el andar quebrado, andrajoso constante, abandonados los pasos por las plazuelas; temisteis, aquella demencial espesura que el bosque de casas señoriales, aristócratas, abría contra el llano de las calles, que ese bosque abría y extendía, como una pura lámina de acero, como unos objetos inútiles truncados sobre el pavimento. Vinieron. Y, no fueron necesarios;

y, no fueron imprescindibles; y, no fueron . . .

 

En las mañanas, por las plazuelas, duermen las sombras tranquilas y despejadas de vuestros pensamientos; un autobús, a lo lejos, nos llama con el ruido de su motor y aquí cerca de estas plazas, los agudos pasos resuenan uniformes sobre la calzada; hasta siempre. No y si, no y demasiado si, para recordarlas, demasiado no, para oírlas demasiado.

    

                               Vienen hacia nosotros; lo sabemos. Vienen y las recordamos.

 

                               Vienen a reconocernos para luego morir en la historia; alienadas, distantes unas de otras, y aún sin salir de eso, sin poder sustraernos de la nada a que se las destina; ciertas urdimbres del amor, que las procesamos, son todavía posibles

ciertas zonas de la existencia de las plazuelas, están todavía a nuestra disposición.